Kainos Ktisis
  La doctrina de la Trinidad en la Iglesia Adventista
 

 

La doctrina de la Trinidad en la Iglesia Adventista

(Por: Marcos G. Blanco)

 

Nuestra iglesia atravesó un largo período de búsqueda de la verdad

 

Rechazo inicial. El grupo de milleristas que finalmente se trans­formó en la Iglesia Adventista del Séptimo Día había pertenecido a distintas denominaciones. Mayormente provenían de las iglesias bautistas, metodistas, congregacionalistas y de la Conexión Cristiana. Al unirse al movimiento millerista, trajeron consigo los puntos de vista doctrinales de sus antiguas denominaciones.

 

Una de estas iglesias, la Conexión Cristiana, se destacaba especialmente por negar rotundamente la doctrina de la Trinidad. Durante los primeros años formativos de nuestra iglesia, dos de los tres fundadores (Jaime White y José Bates) provenían de la Conexión Cristiana y, por lo tanto, eran antitrini­tarios. Jaime White, incluso, era minis­tro de esa iglesia.

 

Pero ellos no estaban solos en su concepción antitrinitaria: J. N. Andrews, J. N. Loughborough, R. F. Cotrell y Urías Smith negaban tanto la divinidad y la eternidad de Cristo como la personalidad del Espíritu Santo (que, según aquella postura, es una influen­cia o el poder de Dios, pero no una persona). Por ejemplo, Loughborough declaró: "¿Qué objeciones serias hay en contra de la doctrina de la Trinidad? Hay muchas objeciones que podríamos alegar, pero, al considerar el poco espa­cio con el que contamos, las reducire­mos a las tres siguientes: 1. Es contraria al sentido común. 2. Es contraria a las Escrituras. 3. Su origen es pagano y está basada en fábulas".1

 

Raymond F. Cotrell llegó a decir que "sostener la doctrina de la Trinidad no es tanto una evidencia de intenciones malvadas como de la intoxicación de ese vino del que todas las naciones han bebido".2

 

Si bien algunos iban contra la corriente, como Ambrose C. Spicer, podemos advertir claramente que la mayoría de nuestros pioneros tenía un fuerte rechazo hacia la doctrina de la Trinidad. Sin embargo, queda claro que, aun dentro de un clima tal, Elena de White nunca se manifestó en contra de esta doctrina.

 

En este punto, es importante acla­rar que nuestros pioneros aceptaban a Cristo como "Creador, Redentor y Mediador", y aceptaban la "importancia del Espíritu Santo". Sin embargo, nega­ban que Jesús fuera igual al Padre: al mismo tiempo, negaban la personalidad del Espíritu Santo.

 

Período de análisis y discusión. Hacia fines de la década de 1880, el debate acerca de la justificación por la fe trajo un renovado interés por estu­diar la persona y la obra de Cristo. Esto condujo a vislumbrar a Cristo desde una nueva perspectiva. Pronto, hubo varios que comenzaron a creer en que Cristo es igual al Padre en naturaleza. De hecho, E. J. Waggoner aseguraba que una concepción más exaltada de la obra de redención de Cristo demandaba una concepción de su Ser como parte de la Deidad. Insistía en que Cristo es "igual a Dios, con todos sus atribu­tos".

 

En 1892, la Asociación Publicadora Pacific Press imprimió un panfleto titulado "La doctrina bíblica de la Trinidad", de Samuel Spear. En esa casa editora trabajaban A. T. Jones y E. J. Waggoner, impulsores del énfasis en la justificación y creyentes en la Trinidad. Por otro lado, la Review and Herald era fundamentalmente anti­trinitaria, ya que Urías Smith era el edi­tor de la Revista Adventista y un firme opositor de la doctrina de la Trinidad. Esto nos habla de que las aguas estaban divididas en cuanto a esta doctrina. En 1898, se publicaron dos libros acerca de Jesús. En uno de ellos, Contemplemos a Jesús, Urías Smith seguía manteniendo que "solo Dios el Padre es sin comien­zo". En el otro, El Deseado de todas las gentes, Elena de White formuló dos declaraciones contundentes que produjeron un profundo cambio en la visión que nuestros pioneros tenían de la doctrina de la Trinidad.

 

Cambio de paradigma. La publi­cación del libro El Deseado de todas las gentes fue el punto de quiebre que marcó un cambio de paradigma en la comprensión de la Deidad dentro de nuestra iglesia. En esta obra, Elena de White afirmó: "En Cristo hay vida original, que no proviene ni deriva de otra. 'El que tiene al Hijo, tiene la vida' (1 Juan 5:12). La divinidad de Cristo es la garantía que el creyente tiene de la vida eterna".3 En esta y en otras citas, Elena de White afirmó la divinidad de Cristo, considerándolo igual al Padre.

 

En este libro, Elena de White también afirmó que el Espíritu Santo es una persona, al mencionarlo como "la tercera persona de la Divinidad",4 concepto que ampliaría en posteriores escritos.

 

Tan contundentes y explícitas fue­ron estas declaraciones, que muchos de sus contemporáneos incluso dudaron de que fueran escritas por la pluma de Elena de White. Ese fue el caso de M. L. Andreasen, que poco después de entrar en el ministerio realizó un viaje hasta la casa de Elena de White expresamente para verificar si estas citas se encontraban en los manuscritos que ella había compuesto de su propia mano. Elena le franqueó el acceso a esos manuscritos, y Andreasen tuvo que reconocer que "realmente eran las expresiones de la hermana White".

 

A partir de que Elena escribiera estas declaraciones, hubo un cambio de parecer en cuanto a la Trinidad, aceptando que existen tres Personas divinas que coexisten eternamente como un solo Dios. Posteriormente, Elena de White amplió sus declaraciones específica­mente con respecto a la personalidad y la divinidad del Espíritu Santo: "Necesitamos comprender que el Espíritu Santo, que es una persona así como Dios es persona, anda en estos terrenos [Manuscrito 66, 1899. Extracto de un discurso dado a los alumnos del Colegio de Avondale, Australia]" .5

 

"El Espíritu Santo es una persona, porque testifica en nuestros espíritus que somos hijos de Dios [...]. El Espíritu Santo tiene una personalidad; de lo contrario, no podría dar testimonio a nuestros espíritus y con nuestros espí­ritus de que somos hijos de Dios. Debe ser una Persona divina, además, porque en caso contrario, no podría escudriñar los secretos que están ocultos en la mente de Dios. 'Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios' (1 Cor 2:11)"6

 

El papel de Elena de White

Si bien Elena de White no escri­bió una sola palabra en contra de la doctrina de la Trinidad, alguien se podría preguntar por qué no corrigió a sus contemporáneos en los primeros años, cuando reinaba una posición antitrinitaria. La respuesta incluye tres aspectos: el sentido de oportunidad de los propósitos de Dios; el método de su obra por medio de Elena de White; y la relación entre la oportunidad y el método con la unidad de la iglesia.' Parece claro que Dios tenía un orden de prioridades para introducir una nueva verdad en nuestra iglesia. Las instruc­ciones acerca de publicar la verdad se dieron en la década de 1840; el llamado a la "organización de la iglesia" vino en la década de 1850; solo dos semanas después de la organización legal de la iglesia, Dios envió su mensaje acerca de la reforma pro salud (1863). Quizá Dios haya considerado que esta joven iglesia podía soportar solo cierto nivel de incertidumbre y debate sin quebrar su unidad; por lo tanto, moderó la introducción de nueva luz para no sobrecargar a los creyentes.

 

En cuanto al desarrollo específico de la doctrina acerca de Dios, pareciera que Dios ponderó más importante que se estudiaran primeramente los aspec­tos relacionados con su carácter y su misión; como por ejemplo, su carácter revelado en el Santuario Celestial y en el énfasis en la justificación por la fe. Solo entonces Elena de White abordó el asunto de la naturaleza de Dios, enfatizando la divinidad de Cristo y la personalidad del Espíritu Santo.

 

A su vez, Elena de White recién abordó la cuestión de la divinidad y la personalidad del Espíritu Santo cuando estuvo suficientemente establecida la divinidad del Hijo. La reforma en cuanto a la justificación por la fe, que necesitaba la Iglesia Adventista en su momento, hizo que se centrara primero en la divinidad de Cristo, para recién después abordar la divinidad y la perso­nalidad del Espíritu Santo.

 

En este sentido, las primeras decla­raciones de Elena de White en cuanto a la Deidad son, en cierta manera, ambiguas (podrían apoyar tanto una posición como la otra), mientras que las posteriores son más precisas y cate­góricas. Al analizar la secuencia cronológica de las declaracio­nes de Elena de White en cuanto a la Deidad, se percibe una clara progresión de lo sencillo a lo complejo, revelando que la comprensión de Elena de White creció y se modificó a medida que reci­bía luz adicional. Por otra parte, es pre­ciso destacar que el concepto de Elena de White con respecto a la Deidad se encontraba completo ya en 1898, con la publicación de El Deseado de todas las gentes. A 17 años de su muerte, ella se encontraba mental y físicamente vigorosa, en el pico de su productividad literaria. Esto contradice rotundamente a quienes expresan que la doctrina de la Trinidad es una desviación que obró la iglesia muchos años después de la muerte de la hermana White. Muy por el contrario, Elena de White hizo explícita su posición con respecto a la Trinidad 17 años antes de su muerte, en sus años de mayor lucidez.

 

La posición de Elena de White, actualmente, está reflejada en la Creencia Fundamental de la Iglesia Adventista número 2: "Hay un solo Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo; una unidad de tres Personas coeternas".

 

Desarrollo en la comprensión de Elena de White con respecto a al Deidad

1850: Cristo y el Padre son seres personales con forma tangible (Primeros escritos, pp. 54,77).

1869: Cristo es igual a Dios (Testimonios para la iglesia, t. 2, p. 181).

1872: Cristo no fue creado (Review and Herald, 17 de diciembre de 1872).

1878: Cristo era el “Hijo eterno” (Review and Herald, 08 de agosto de 1878).

1887: Cristo preexistía con el Padre desde toda la eternidad (Review and Herald, 05 de julio de 1887).

1888: Una comprensión más amplia de la justificación por la fe demanda la plena divinidad de Cristo (El conflicto de los siglos, p. 579). Cristo es “uno con el Padre Eterno: uno en naturaleza, en carácter y designios” (Ibíd., p. 547); “Gozaba de la misma autoridad y poder que el Padre” (Ibíd., p. 549).

1897: El Espíritu Santo es la tercera persona en la Deidad (Special Testimony, serie A. nº 10, p. 37).

1898: "En Cristo hay vida original, que no proviene ni deriva de otra” (El Deseado de todas las gentes, p. 489); El Espíritu Santo es “la tercera persona de la Divinidad” (Ibíd., p. 625).

1901 y 1905: “Los eternos dignatarios celestiales –Dios, Cristo y el Espíritu Santo”, “Los tres poderes más elevados del cielo: El Padre, El Hijo y el Espíritu Santo” son uno en naturaleza, carácter y propósito pero no en persona (citados en El Evangelismo, pp. 446,447)

 

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- Marcos G. Blanco, es licenciado en Teología y redac­tor de la Asociación Casa Editora Sudamericana. Se le puede escribir a: marcos.blanco@aces.com.ar

 

- Publicado por la Revista Adventista, Noviembre del 2005.

 

- Referencias

1 John Loughborough, Review and Herald (5 de noviembre de 1861).

2 Raymond r: Cotrell, Review and Herald (6 de julio de 1869).

3 Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, p. 489.

4 Ibíd., p. 625.

5 White, El evangelismo, p. 447.

6 Ibíd., pp. 447, 448.

7 Ver Jerry Moon, "Heresy or Hopeful Sign?” Adventist Review (22 de abril de 1999).

 

 

 
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